"Para mí sólo recorrer los caminos que tienen corazón, cualquier camino que tenga corazón. Esos recorro, y la única prueba que vale es atravesar todo su largo, y esos recorro mirando, mirando sin aliento" Castaneda

martes, 30 de julio de 2013

Torres del Paine


La idea de ver el amanecer en las Torres fue truncada por las nubes (que, además de traer lluvia consigo, impedían la visión de las mismas) y el penetrante frío. Agazapado en mi carpa oía la música que las gotas dibujaban en mi techo, y esa música me decía que me encontraba en la recta final, en el punto culminante, de una de las aventuras más increíbles de mi vida.

Tras almorzar en el campamento con los demás, inicié el ascenso solo. No podía ser de otra manera, ya que, más que un viaje hacia un lugar exterior, se trataba en verdad de un profundo viaje interior que venía madurando al calor de los kilómetros y la distancia.


La subida demandaba alrededor de una hora. Bastante empinada por momentos, probablemente se trató del tramo más difícil del circuito. La emoción a medida que avanzaba era proporcional al abismo de precipicios que se iban delineando desde las alturas. Cada roca era un peldaño menos en ese recorrido final, en esa necesidad casi vital de encontrarme con las Torres. De pronto ellas aparecieron expectantes en el horizonte, entrecortadas por las piedras del camino, como si estuvieran esperando el ascenso de los peregrinos. Continué un poco más y entonces sí, se abrieron plenas ante mis sentidos, magníficas explosiones de colores que me invadieron por los poros...


El tiempo se detuvo. La conexión de mis ojos con las Torres del Paine, de mis sentidos absorbiendo el aire del lugar, era una conexión viva, ardiente. Me sentía parte de esa naturaleza (y de todas las naturalezas), no un ente separado, aislado, sino una fracción minúscula parte de un Todo inmenso, intangible y tangible a la vez, ficticio pero real.

La compenetración total con las Torres me sumergió en un estado de hipnotismo. Arriba, las Torres, el glaciar y el lago que se desprendía del mismo, abajo, yo, como una continuación del lago, inmerso en una empatía total con el lugar. La relación interior/exterior estaba disuelta. Yo era parte del Todo, el Todo estaba en cada partícula de mi ser.



Refugiado en los recovecos de las enormes rocas que besan la orilla del lago, iba cambiando de guarida periódicamente a medida que el frío me obligaba a desplazarme. Era una manera de poner el cuerpo en movimiento para combatir el congelamiento. Mientras me movía danzarinamente de un sitio a otro, este pensamiento se volvió una constante, una especie de mantra que me iba repitiendo: "SOY UNA PERSONA QUE DESCIENDE DE UN NIÑO CUYO SUEÑO ERA VIAJAR A SUDÁFRICA A BUSCAR DIAMANTES". Aseveración totalmente cierta; mi sueño durante gran parte de mi infancia fue ser geólogo. Me la pasaba escalando, excavando y explorando en busca de piedras o caracoles en cada lugar al que iba. Luego llegaría el sueño del fútbol, pero desde los 5 o 6 y hasta los 11 años de edad, soñaba con una ocupación de aventuras y peligros en medio de la naturaleza.


Ese niño aventurero se manifestaba ahora de nuevo, saltando entre las rocas, escalando de acá para allá en zonas no permitidas, con una alegría inmensa. Sentado en las alturas, la obnubilación que experimentaba me hizo entender que la maravilla de la Creación, del Nacimiento, se encuentra tanto en las Torres del Paine como en mí y en cada ser del universo. Agradecí a mi madre y a mi padre por su condición de creadores. El Nacimiento es un milagro, y cada ser humano, cada organismo vivo del planeta, lo es también. Y cada centímetro de tierra, cada piedra, cada Torre del Paine, es una creación de la Naturaleza, inmersa en el aquí-ahora y atada al devenir al igual que nosotros. Lloré pensando en mis ancestros y en esa caprichosa cadena de milagros que desde tiempos inmemoriales venían sucediéndose para que, en ese instante, yo, Álvar Llusá Damiani, pudiera comprender, de una vez y para siempre, la unidad del universo y nuestra relación indisociable con el mismo en tanto seres vivos.



5 comentarios:

  1. Magnífico! comparto tu emoción. Y te felicito, como siempre, por tu escritura.

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    1. Gracias Patricia! Compartimos el amor a la Patagonia :)

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  2. Entre de casualidad en tu blog y lei lo que escribiste.Me parecio muy interasante, excelente!

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  3. Entre de casualidad en tu blog y lei lo que escribiste.Me parecio muy interasante, excelente!

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