"Para mí sólo recorrer los caminos que tienen corazón, cualquier camino que tenga corazón. Esos recorro, y la única prueba que vale es atravesar todo su largo, y esos recorro mirando, mirando sin aliento" Castaneda

martes, 15 de noviembre de 2016

Gira Diagonálica #3 PARIS

Abandonamos Estonia y, tras cambiar de avión en Riga y subirnos a un micro en Berlín -trasbordo en el que nos despedimos de Edgardo, el bandoneonista gallego del quinteto- Tango Diagonales arrivó a Paris por vía terrestre la mañana del 19 de julio.

Era mi tercera llegada a la capital francesa en menos de seis meses. Pero, a diferencia de las dos ocasiones anteriores, esta vez la Ciudad de las Luces significaba -peculiaridades de la percepción- un retorno, tanto geográfica e idiosincrásicamente hablando; a territorio latino, a lengua románica, a raíces identitarias comunes. Después del frío vikínguico-sajón, sentía que estaba volviendo a casa.


En un intervalo de nuestro itinerario de micros, colectivos y aviones, mis compañeros me interrogaron sobre mis motivaciones para aprender francés y viajar a París, objetivo primero original de mi viaje (luego postergado debido a la reciente expedición tanguera a tierras germánico-bálticas). Ellos habían venido a Europa exclusivamente por la gira del quinteto, a mí, en cambio, me esperaba un viaje por delante y sumarme a algunas de sus presentaciones se me había dado más por designios de la diosa Fortuna que otra cosa. Hurgando en mis memorias, pensando en el existencialismo, en el impresionismo, en el Mayo Francés, atiné a mencionar a Sartre, a Debussy y Ravel (y a Zidane, por qué no) pero en el fondo sentía que la respuesta real, el impulso originario que me había llevado a comenzar a estudiar la lengua de Voltaire desde hacía ya un par de años venía por otro lado. Luego, el mêtro colapsado me separó de mis compañeros musicales, con quienes aún deberíamos ofrecer dos conciertos, con formación y repertorio renovado; el 21 del mes en curso en un café subterráneo de la capital de las capitales, y el 26 en una fiesta en la campiña bretona. La respuesta a mi francofilia llegaría de manera inequívoca unos días más tarde.

Tras pasar mi primera noche en casa de una clarinetista italiana que había conocido en Curitiba unos meses atrás, me instalé en el departamento de Nico, amigo francés de longeva relación originada en tierras porteñas, continuada en el inicio de la Odisea Tucumán - Machu Picchu y sostenida ampliamente de manera epistolar a lo largo de los años.


El 21 de julio me decidí a enviarle una postal a mi abuela, quien al momento de mi partida hacia el continente europeo se encontraba alternando estadías entre su casa y el sanatorio, víctima de una debilidad generalizada producto de sus 93 años de edad. Se trataba de una postal que le había comprado en Estonia, con la imagen de la iglesia ortodoxa rusa Alexandre Nerve; una verdadera maravilla arquitectónica que simbolizaba, a mi parecer, la distancia a la que me encontraba respecto a mi tierra natal y, por ende, a ella. En el reverso de la misma le había escrito, con la letra más clara que era capaz de engendrar, que la amaba y que la llevaba siempre conmigo a pesar de la distancia.

Deposité la postal en un buzón amarillo cercano a la estación Goncourt. Nico, a mi lado, dijo con alegría "¡abuelita!" en el momento que solté el pedazo de papel. Me había ofrecido encargarse él mismo de hacerlo, ya que se encontraba camino a su trabajo y el buzón le quedaba de paso, pero, tal vez por algún tipo de premonición, había preferido soltar la carta personalmente. Ese gesto me conectaba, del otro lado del Atlántico, con las manos exhaustas de mi abuela. O eso esperaba.

Esa noche teníamos nuestro concierto -el primero en Francia para Tango Diagonales- en el sótano del Café Les Trois Arts, antro de halo bohemio ubicado en las proximidades del Parc de Belleville. Después de ensayar, fuimos ahí con Pablo. Pasamos un rato en el parque, que se ubica en lo alto de un monte desde el que se divisa buena parte de la ciudad y se ve la Tour Eiffel escoltada por los graffitis del lugar y un muchacho hace yoga mientras un grupo de árabes toma cerveza y escupe en el suelo.


Probamos sonido. Al terminar, unas llamadas perdidas de mi madre en el WhatsApp me preparaban inconscientemente para lo peor. Pocos minutos después, a través de ese medio, me enteraba del adiós definitivo de Hilda Oliva de Damiani, a.k.a. La Doña, uno de los pilares de mi vida.


En una suerte de estado de déjà vu producto de la noticia que me había llegado desde Quilmes, durante la presentación hice lo que pude arriba de las tablas para luego perderme a pie en la noche parisina, con la conciencia de encontrarme en un día visagra que marcaba un antes y un después en mi vida. Allá la infancia, la luz maternal, el amor infinito; acá las lágrimas, la conciencia del porvenir incierto y el recuerdo perpetuo.


Uno de los tirantes que me catapultaban hacia Francia era su tradición musical, en especial el llamado impresionismo francés. Claude Debussy, figura central del movimiento, había nacido en Saint Germain-en-Laye, ciudad enclavada en el conurbano parisino. Desde la monstruosa estación subterránea de Châtelet me tomé un tren hacia dicha ciudad para visitar la casa natal, hoy también museo, del compositor.

La muestra se circunscribe apenas a una habitación, en la que se intenta recrear el ámbito de trabajo del que gustaba gozar el músico para componer. Entre los objetos exhibidos se encuentran piezas de porcelana china, tejidos orientales y decoraciones de la Polinesia, todo matizado por una tenue luz que se filtra a través de unas cortinas y musicalizado ad libitum por la discografía debussyana, recreando todo en su conjunto una atmósfera lumínica de paz.


Atinadamente, por esos días tenía lugar en el Centre Pompidou una exposición sobre mi amada Generación Beat donde se exhibían pertenencias de algunos de los héroes del movimiento, como ser teléfonos y cámaras fotográficas de William Burroughs, retratos de Allen Ginsberg, dibujos & pinturas de Jack Kerouac... y, en el centro de la sala, como una alfombra-autopista-plataforma-catapultadora-hacia-los abismos-insondables-de-la-experiencia-cósmica... ¡el rollo mecanografiado ORIGINAL de On The Road! Tuve la necesidad de medir la extensión del escrito sagrado no en términos abstractos, matemáticos o presumidamente "universales", sino en términos propios, individuales, que me involucraran. Comencé a caminar donde tenía lugar el principio del rollo, contando mis pasos mientras Dean Moriarty corría como loco a mi izquierda por las rutas de Norteamérica, y al finalizar la expedición llegué a un número sugerente, simbólico, absolutamente relevante dentro del imaginario iconográfico-viajero de los Estados Unidos: 66, como la ruta que surca el país de Este a Oeste y cuyo asfalto conserva al recuerdo de las andanzas de mis queridos y venerados beatniks.

Detrás del rollo se disponía una vidriera con un par de zapatillas, una gorra, un pantalón y una camisa del buen Jack, artículos con los que -imaginé- habría surcado innumerables veces las rutas de su poética y dolorosa América, fuente de todas las inspiraciones.


Entre los personajes entrañables que esta estadía en Paris me deparó se destaca la exótica Ingrid, modelo de Channel de origen franco-flamenco. Albina, de facciones como venidas de otro mundo, se encontraba tomando fotos un domingo a medianoche en la Île St. Louis a orillas del Sena, rodeada de ratas y vendedores de cerveza, en conmovedora soledad, irradiando de blancura la noche profunda que se mecía con la brisa del río milenario de aguas sacudidas por barcos-mosca. Oriunda de Calais, de 21 años, caminamos juntos de regreso a nuestros respectivos destinos de pernocte: su departamento cerca de la Place de la Republique para ella, la rue Saint Maur para mí. Al otro día, Nico me advertiría que mis ilusiones respecto a París no debían sobredimensionarse como consecuencia de este encuentro. "Está bien, París c'est une ville incroyable... Pero no te creas que esto de encontrarse una modelo solitaria con la que entablar una conversación casual es cosa de todos los días... ¡estas cosas sólo te pasan a vos!".


Se dice que la mejor vista de París se obtiene desde la terrasse de la Torre Montparnasse. "La vista desde la Torre Eiffel también es muy linda", me explicó pedagógicamente Nico. "¡El problema es que desde la Torre Eiffel no ves a la Torre Eiffel!".

La Torre Montparnasse es un rascacielos altísimo -hoy por hoy el segundo más alto de Francia- pleno de oficinas empresariales. Para tener acceso a su parte superior se debe abonar la módica suma de €10, tarifa que logré reducir un poco gracias a ciertos conocimientos cibernéticos de mi amigo (conocimientos relacionados con cupones de descuento y demás). Allí, en la terrasse, quedé perplejo no sólo ante los poéticos horizontes parisinos, sino también ante la conciencia del crisol de razas que se enclava con mandíbula díscola en el ombligo de Occidente. Chinos, rusos e hindúes se amontonan, pegan sus frentes al cristal, aplastando sus narices hasta enrojecerlas, para contemplar obnubilados la maravilla, la hija pródiga, de la civilización greco-romana.


En el Cementerio de Montparnasse, deambulando entre las tumbas de Charles Baudelaire, Jean-Paul Sartre, Tristán Tzara, César Vallejo y tantísimos otros, encontré la respuesta a aquel interrogante sobre mi gusto por lo francés.

El bloque marmóreo tiene cinceladas apenas dos palabras y dos cifras. Debajo de él descansan los restos mortales del Enormísimo Cronopio. Sobre él reposan cartas, piedritas, boletos de subte, besos, lágrimas, flores y rayuelas que se renuevan cotidianamente por la voluntad de los peregrinos. Entre todos los homenajes presentes, conmovedores por cierto (¿cómo puede un tipo muerto hace más de tres décadas generar esto en la gente, todos los días, cada día?), un agradecimiento en particular me interpeló. Se trataba de la firma de un chileno, que rezaba escuetamente "Julio, gracias por traerme a París". Entonces recordé mi yo adolescente leyendo Rayuela y pensé que todos los actos que llevaba realizados en esta dirección desde ese momento se encontraban motivadas desde sus orígenes por aquel impulso primario, por la imagen onírica de aquel París visto a través de los ojos de Oliveira, los ojos del exilio, de la literatura. Y no pude más que agradecerle.

viernes, 26 de agosto de 2016

Gira Diagonálica #2 TALLIN

14 al 18 / VII

Con motivo del Tango Port Tallinn cambiamos aires germánicos por bálticos. Efectivamente, el mundo hiperglobalizado en el que vivimos, que nos demuestra continuamente que es un tablero donde caben todas las posibilidades imaginables (y más), es capaz de albergar la realización de un festival de música criolla en 2x4, con artistas venidos de los más diversos puntos del globo, en una pequeña nación otrora soviética cuyas costas son acariciadas por las olas del Golfo de Finlandia y cuya ubicación ronda los 13 mil kilómetros respecto a la del Río de La Plata.


Así aterrizamos en la capital de Estonia, una república que de momento apenas cuenta con 25 años de independencia... ¡lo cual constituye aquí un récord de soberanía ininterrumpida! Caminar por las calles de un país con el que comparto el año de natalicio me hizo tomarle rápidamente un cariño particular.



Al momento de mi llegada al país, sin embargo, la única referencia conceptual que tenía de él era la música Arvo Pärt. Luego de mi estadía allí, al reescuchar las obras de este compositor con los ojos entrecerrados, vuelvo a divisar las calles medievales de la ciudad amurallada, el viento incesante del Báltico, sus amaneceres lentos e imperceptibles, sus horizontes interminables y la lejanía que todo lo trasunta como un manto ineludible. Así comienzo a percibir un conjunto homogéneo.


Para empezar, es menester remarcar que antes del 20 de agosto de 1991 -día en que fue confirmada la independencia de la República de Estonia- esta porción de tierra habitada por humanos desde hace aproximadamente 12.000 años ha vivido una historia por demás fascinante.

Con vestigios de la cultura de Kunda que datan aproximadamente del año 8.500 a.C., con evidencia de cerámica perteneciente a la cultura de Narva en los albores del Neolítico, de la cultura de la Cerámica del Peine desde el inicio del cuarto milenio en adelante y de la cultura de la cerámica cordada a partir de la Edad de Piedra, durante la Edad de Bronce comienzan a construirse los primeros asentamientos fortificados. En la Edad de Hierro aparecen plazas de origen celta, mientras que entre los años 50 y 450 d.C. se hace latente la influencia del Imperio Romano, época en la que comienza a desarrollarse un entendimiento de la identidad nacional.




La Edad Media es escenario de un merengue de proporciones épicas, perfectamente retratable en una tetralogía de estilo tolkieniano. El siglo XI es testigo de frecuentes combates con los vikingos provenientes de la costa oriental del Báltico. A finales del siglo XII se producen las Cruzadas del Norte, que culminan en 1227 y significan el abandono del paganismo y la conversión al cristianismo. 

En 1219 tiene lugar la Batalla de Lyndanisse, a partir de la cual Dinamarca -dirigida por el rey Waldemar II- se apodera del norte del país, incluida dicha ciudad, hoy conocida como Tallin. En 1346 los dominios dinamarqueses en Estonia son vendidos a la Orden Livona. Más allá de ocasionales rebeliones locales y un par de intentos de invasiones rusas, el país continuó siendo dirigido por los alemanes del Báltico durante los dos siglos posteriores.

En 1561 los suecos se alzaron en el poder. Bajo el reinado de Gustavo Adolfo de Suecia, en 1632 se estableció en la ciudad de Tartu la primera universidad del país (la segunda del Reino de Suecia, después de la de Uppsala). 


Tras la Gran Guerra del Norte (1700-1721), el imperio sueco perdió Estonia, que pasó a manos rusas. Desde ese momento, y por los siguientes 300 años, la historia del país estaría ligada a la de Rusia.

Durante el siglo XIX comenzó a desarrollarse un movimiento cultural nacionalista, que abogó por el desarrollo de una literatura autónoma y por la impartición de la educación formal en lengua local. En 1918 el país logró por primera vez su independencia, que duró 22 años. En 1940 cayó nuevamente bajo dominio ruso (esta vez bajo el paradigma de la hoz y el martillo), situación que se mantuvo hasta la caída de la Unión Soviética y que sólo fue interludiada por tres años de ocupación nazi en el período 1941-1944.


Luego de toda esta historia de batallas, sangre y ocupaciones, era necesario elegir una bandera propia que se engarzara con el sentimiento, y se izara como representante, de la inquebrantable identidad nacional que había guiado con conmovedora obstinación a los estonios en su anhelo independentista. Los colores que envuelven a este joven país, así, son el azul (heaven above us), el negro (soil and suffering of our people) y el blanco (pure heart and a promising future).


Según la guía freakie que usaba pendientes de Batman con la que realicé una visita guiada por el centro histórico, en lengua vernácula Tallin significa "ciudad terminada". La capital del país habría recibido este nombre producto de haber nacido con la unión de las antiguamente separadas Toompea (Ciudad Alta, donde habitaba la nobleza) y Reval (Ciudad Baja, tierra de campesinos).


"Las callecitas de Tallin tienen ese qué se yo..."

En materia de religión, tras el abandono forzado del paganismo tras las Cruzadas del Norte y el ulterior desarrollo del cristianismo durante siete siglos, de la mano de la URSS el país se volcó oficialmente al ateísmo. Según el régimen comunista todas las iglesias debían destinarse para otros fines (museos, salas de concierto, galerías de arte), política de reciclaje por demás interesante que en Estonia repercutió en forma de pintorescas bizarreadas. El caso más emblemático es el de la Iglesia de San Olaf. Construida a principios del siglo XIII, había sido en su momento -entre 1549 y 1625- "la construcción más alta del mundo". Durante la URSS, se transformó en antena de TV. El hecho bizarro ocurrió en el año 1987. En medio de una transmisión destinada a la familia en su conjunto, la señal entró en interferencia con otra, proveniente de la no tan lejana Finlandia. En ese momento, del otro lado del mar la audiencia disfrutaba de Emanuelle 5, película porno francesa protagonizada por Monique Gabrielle. Este hecho inédito, que en otro contexto podría no haber significado más que una divertida anécdota, resultó en cierto modo "revolucionario" para ese entonces. En la URSS estaba prohibida la televisión occidental... ¡y ni hablar del porno! En aquella veraniega tarde de junio, la rígida sociedad estonia se vio súbitamente, sin previo aviso ni solución de continuidad, disfrutando a su manera, y en familia, de un exhibicionismo nunca antes por ellos siquiera imaginado... Una inyección descontracturante para el sovietismo ilustrado. Thanks, Finland!

Detalle de mármol en la Iglesia de San Olaf

Hoy por hoy la iglesia está plagada de parlantes, proyectores, cámaras, pantallas, etc., para facilitar la transmisión del Mensaje del Señor a través del clérigo de turno a los fieles, dada la gran cantidad de columnas que dificultan la visión del atrio.

Otra maravilla arquitectónica de Tallin es la Catedral de Alejandro Nevski. Construida durante el siglo XIX como parte de la política del zar Alexander III de rusificación del territorio, se encuentra ubicada cerca del Castillo de Toompea, trono tradicional del poder estonio. Se trata de una iglesia ortodoxa rusa que trae a la vista de manera inmediata la reminiscencia de las postales de San Petersburgo. Durante la URSS, existió el proyecto de convertirla en un planetario... pero nunca dio la plata.



Además del registro de la farmacia más antigua del continente, se conoce la presencia de mercados en la región desde, por lo menos, el siglo XI. Hoy, el capitalismo global y el merchandising intercontinental dan pie a "curiosidades" como esta: una famosa cadena de papas fritas patrocinando su línea... ¡sabor chorizo! En lengua vernácula y de la mano de Messi.



Cierto reconocido cantautor uruguayo dijo alguna vez que nada se pierde, sino que todo se transforma en otra cosa. Desconozco si esta frase surgió como consecuencia de una caminata por Tallin, pero es indudable que aquí encajaría perfectamente. Así lo demuestran los incipientes emprendedores estonios, que han montado negocios de comida rápida y cerveza en viejos kontainers fabriles remodelados, además de convertir gigantescas zonas industriales de fábricas abandonadas en lugares de esparcimiento y bares chill out.




La aventura en tierras estonias dejó como saldo un buen puñado de historias y de vivencias nuevas en una tierra absolutamente exótica y, hasta muy poco tiempo atrás, inimaginada. La milonga fue un éxito, con alrededor de 200 almas nórdicas moviendo su esqueleto al ritmo de la yumba y la síncopa. Luego sería la hora de reencontrarnos con nuestras raíces latinas en Francia. 

Con Simone y Pablo, 
compañeros de andanzas musicales en tierras bálticas

[Dato de color ilustrativo respecto a nuestra distinta idiosincracia sanguínea -llámese cultural- fue la frase "we are cold people" que me dijo una chica que estaba compartiendo mesa con mis amigos en un bar, luego de dejarme pagando con la cara en el aire y no devolverme el saludo en el momento de las presentaciones. El we se refería a su grupo de pertenencia sociocultural (presumiblemente los países nórdicos y/o bálticos) en oposición al ustedes, latinos de sangre caliente forjada a la vera del Mediterráneo. Al parecer, en Estonia exceder el apretón de manos, incluso entre hombres y mujeres, está reservado para las personas de extrema confianza].

domingo, 14 de agosto de 2016

El Silencio del Tiempo

mi abuela habla
y su voz
es La Voz del Tiempo
y La Voz del Tiempo me dice:
“¿qué es esa mancha en tu cara?
tus pantalones están muy sucios”
y yo le contesto:
todo intento de grandilocuencia
es una aproximación a la banalidad

mi abuela acaricia a Hermes
y riega sus pájaros enjaulados
desde su cabeza gris como el viento
nacen estos vocablos:
“qué lástima que no esté tu abuelo”
y yo le contesto:
qué lástima que lastima

y luego
el silencio
(El Silencio del Tiempo)
posa sus ojos sobre nosotros
hasta que bajamos
                             el
                                 telón


domingo, 31 de julio de 2016

Gira Diagonálica #1 BERLIN

13/VII/2016

Como un desprendimiento del viaje que me llevó de Brasil a París a principio de año [relato provisoriamente inconcluso] se precipitó una vuelta furiosa al Viejo Continente en la mitad del corriente, envuelta en tangos y gipsy jazz. La fase tanguera de este Euroviaje estuvo determinada por el calendario del grupo Diagonales, al que me sumé en calidad de invitado. El primer destino de esta Gira Diagonálica fue Berlin.



La campana que llamó desde la capital germánica fue un concierto en el Café Brüne. A mi llegada, el grupo recibía asilo en el estudio de un bizarro bailarín latinoamericano de tendencias misteriosas. Mi estadía de apenas un día en la ciudad estuvo desarrollada casi totalmente entre el estudio y la cafetería. A pesar de ello, las consideraciones de tipo pseudo-sociológico sobre el entorno (¡primera vez en un país anglosajón!) no tardaron en aflorar en mí.

En el podio de las capitales del mundo con mayor población turca, la Berlin hiper-cosmopolita que imaginaba me dejó como impresión prima una necesidad general del manejo del alemán como enclave indispensable e insustituible para la comunicación, condicionada siempre por la voluntad del interlocutor de turno, la cual tuvo manifestaciones variopintas, como ser:

A) El conductor del primer ómnibus que me tomé, que no tuvo empacho en responderme con total naturalidad, ante mi manifiesta sospecha de estar yendo en la dirección contraria a la de mi destino después de diez minutos de andar, "¡sí! por supuesto, estás yendo en la dirección contraria, claro...", pero en un alemán frío y lejano, comprendido por mí más por sus señas y su tono de voz que por mis competencias lingüísticas -nulas- en el idioma;

B) La señora turca que atendía el café donde desayuné un jugo de naranja, quien, por motivos por mí desconocidos, siendo turca y viviendo en Berlín, tenía un mejor dominio del castellano que del inglés;

C) El muchacho de tez morena y nariz prominente que viajaba a mi lado escuchando una especie de "cumbia turca" que, ante mi consulta sobre la ubicación de la calle Fontanestrauße, desnudó el hecho de nuestra incompatibilidad idiomática.



Supongo que entre la gente joven que puebla los bares y las fiestas alternativas es posible establecer vínculos comunicacionales de un grado de mayor complejidad, pero mi experiencia (en la farmacia, en la casa de comida árabe, en la cafetería) fue la de un foráneo total incapaz de entender una palabra.

Debo decir en mi favor, de todos modos, que a lo largo de mi estadía -de poco más de 24hs- en la capital germánica aprendí cabalmente tres palabras, tanto en su pronunciación como en su significado y en su correcta contextualización a la hora de ser empleada en la vida cotidiana, y estas fueron:

I) DANKE, para dar las gracias (nótese el parecido al inglés THANK YOU => zenkiu, dankiu... DANKE sería una versión endurecida de algún remoto origen anglosajón en común (?)



II) STRAUßE, pronunciado strausse (la ß es una ss), significa "calle". Casi todos los nombres de éstas son terminados con este vocablo. Así, el estudio donde nos hospedamos se ubica en la Kolonnestrauße, a la vez que el Café Brüne está emplazado en la Fontanestrauße, mientras que uno de los stickers de Bubu que pegué en la vía pública fue a parar a un cartel de la Czeminskistrauße, etc...

III) APOTHÈKE, farmacia .-



Por la noche, la Puerta de Brandeburgo fue una parada obligada antes de emprender una excursión por los Caminos del Sueño. Luego de unas cervezas post-concierto (cálido, amigable e introspectivo) nos acercamos a la imponente estructura con ojos cansados pero, al menos en mi caso, ávidos de descubrimientos arquitectónicos y de lugares emblemáticos de destacadas connotaciones históricas. Lamentablemente, la contemplación del famoso monumento en el que las tropas de la SS desfilaron la tarde del ascenso de Hitler al poder fue efímera. Apenas pudimos detener el auto un par de segundos antes de ser detectados por un agente de las Fuerzas del Orden, que comenzó a acercarse a nosotros con presuntas intenciones interrogatorias. Abandonamos al instante el sitio, temiendo dejar a nuestras espaldas la estela de una indeseada -aunque, con certeza, absolutamente memorable- persecución policial.

viernes, 1 de julio de 2016

Río de Janeiro - la ciudad imita, en cartón, una ciudad de pórfido...

Desde que el avión despega de Curitiba se me incrusta en la mente una frase con una obstinación intolerable. Pienso, entonces, que quien lee a Girondo no vuelve a ver el mundo con los mismos ojos. O que, al menos, no vuelve a interpretarlo de la manera unilateral y unívoca a la que el racionalismo cientificista, enarbolado por la educación tradicional hiper-positivista, nos tiene habituados.

Cuando tras poco más de una hora surcando los cielos del litoral brasilero acontece el descenso y se comienza a vislumbrar en la lejanía el estremecedor conglomerado de cemento al que se dirige mi corporeidad, lo confirmo. Sin ver, sin conocer realmente, pero guiado por mis ganas de ajustar la "realidad" a la imagen que llevo tatuada en la frente desde que empezó el viaje. Veo Río de Janeiro y, quizás artificialmente, construyo una visión para confirmarme y repetirme la frase de Oliverio. La ciudad imita, en cartón, una ciudad de pórfido, me digo sonriendo. Caravanas de montañas acampan en los alrededores.


A través de una larga conexión por la que deambulan colectivos biarticulados tipo metrobuses, puentes como centinelas por doquier, múltiples avenidas y estaciones gigantes, cruzo la ciudad de este a oeste para instalarme en el barrio de Recreio dos Bandeirantes. Allí, bordeando El Arroyo de los Cocodrilos,

viernes, 29 de abril de 2016

Treinta Días Curitibanos

Después del vertiginoso dominó Colonia del Sacramento - Montevideo - Porto Alegre estacioné mis vértebras, mis anhelos y mis dos violines en Curitiba, ciudad en la que pasaría veinte días tomando clases, ensayando y asistiendo a conciertos en el marco de la Oficina de Música que se organiza allí desde hace treinta y cuatro veranos.

Capital del estado de Paraná, Curitiba cuenta con casi dos millones de habitantes (más de tres millones y medio, si contamos también su región metropolitana) y genera el tercer mayor Producto Interno Bruto de todo Brasil. Así, se encuentra en el podio nacional, compitiendo mano a mano con San Pablo y Río de Janeiro, en materias como educación, infraestructura y desarrollo urbanístico. Por todo esto, por los casi mil metros de altura sobre el nivel del mar que le otorgan un clima frío y seco atípico para el litoral brasilero, por el estilo de vida al que tiene acceso su población en general -expresado en autos último modelo, gimnasios fitness por doquier, festivales de música electrónica e innumerables actividades culturales- es, para muchos, "lo más parecido a una ciudad europea que puede encontrarse en Sudamérica".


Había conocido la ciudad en el verano de 2015,