Al final de la entrada anterior mencioné que en nuestra expedición por el parque industrial de Cusco, en busca de camioneros que quisieran llevarnos a Lima, conocimos a Johan, hijo del dueño de una empresa que transporta mercancías a lo largo del sur del país. Nos comentó que uno de sus camiones partiría al día siguiente a la capital, y que no habría drama en que nosotros subiéramos a él.
Así fue que el miércoles 1 de febrero a las 12 del mediodía llegamos al parque industrial con todo nuestro equipaje, con la ilusión de comenzar un viaje de dos días atravesando en camión todo el sur del Perú. Johan volvió a repetirnos que todo estaba bien.
- Pero ¿ya le preguntaste al chofer? ¿Y si no quiere llevarnos?
- Va a tener que querer. ¡Yo soy el jefe!
Una y otra vez se amparó en su autoridad para tranquilizarnos. Eran evidentes sus ganas de ayudarnos, pero… ¿y las del conductor? Finalmente no consiguió convencer a su chofer para que nos llevara. El hombre argumentó que le daba miedo, que él no llevaba pasajeros, que "¿y si me roban?", que "a la noche no podré dormir", que "mira si están indocumentados", etc., y no hubo manera de ablandarlo. Entonces Johan consultó con camioneros de otras empresas, pero ninguno salía esa misma tarde a Lima. Sintiéndose en deuda, decidió pagarnos los pasajes en micro. Amagamos con rechazarlo, pero "una promesa es una promesa y yo estoy en deuda con ustedes" dijo, y así ocurrió. Nos llevó en taxi a la terminal de ómnibus y pagó 60 de los 90 soles que costó cada pasaje. Agradeciéndole infinitamente nos despedimos, sintiéndonos en deuda nosotros con él.
"Para mí sólo recorrer los caminos que tienen corazón, cualquier camino que tenga corazón. Esos recorro, y la única prueba que vale es atravesar todo su largo, y esos recorro mirando, mirando sin aliento" Castaneda
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lunes, 6 de febrero de 2012
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