"Para mí sólo recorrer los caminos que tienen corazón, cualquier camino que tenga corazón. Esos recorro, y la única prueba que vale es atravesar todo su largo, y esos recorro mirando, mirando sin aliento" Castaneda
Mostrando entradas con la etiqueta carnaval. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta carnaval. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de abril de 2017

São Paulo (o la alegría genuinamente brasilera)

Existe en cierta red social un grupo dedicado a conectar conductores de vehículos particulares con pasajeros ocasionales con el fin de reducir costos a la hora de unir vía terrestre a las dos grandes potencias del Brasil llamadas Río de Janeiro y São Paulo. Allí me apunté, catapultado por el pasaje en avión a París que había motivado el corriente viaje desde un comienzo y que en menos de una semana me estaría haciendo cruzar el Atlántico, levantando vuelo desde la capital paulista.

Pero no era sólo un vuelo al continente europeo la razón de mi visita a la ciudad. Y es que en ella se encontraban Wilson & Carina, mis amiguinhos predilectos del Brasil, a quienes el Camino me había unido en Bolivia en 2011.


Nuestro encuentro en el hostel "Caramelito", ubicado en La Calle de las Brujas de La Paz, había sido el punto de partida de una amistad que luego se desarrollaría en escenarios múltiples a lo largo de los años, como ser la ruta precolombina El Choro, Buenos Aires, el noroeste argentino, Cuzco, y por último el litoral brasilero, con destino final en Salvador de Bahía - ciudad en la que nos habíamos despedido por última vez, dos años atrás.

En esta ocasión, el choro que nos congregó no fue el camino inca, sino el género musical. Envueltos en lluvias y armados con instrumentos acústicos & eléctricos, dejamos para la posteridad (?) un registro audiovisual de nuestra espontánea versión de una música del compositor Paulinho da Viola.

"Choro Negro"

Por su parte, Carina me guió hacia una fiesta de carnaval en el centro de la ciudad, donde conocí a agradables individuos tales como Renán, biólogo ciclista, y Vivian, fanática de Linkin Park de ascendencia japonesa. En un escenario montado por la municipalidad tocaba un grupo de músicos tremendos, con temas de Coltrane y de otros amigos del Club del Jazz. La alegría brasilera, genuinamente brasilera y sin la superpoblación gringa de Río de Janeiro, se me figuró como la cosa más bella del mundo.


- ¿Querés enviar algo a Buenos Aires? - Me preguntó Renán a medianoche, mientras cruzábamos a bordo de su bicicleta el puente que atravesaba el río Tietê, dejando el carnaval a nuestras espaldas.
- ¿Algo? - le respondí, sin imaginarme con qué se saldría ese paulista al que había conocido aquel mismo día.
- ¡Ahora mismo! - insistió y, acto seguido, peló su piringundín y comenzó a chorrear con sus secreciones internas el río oscuro y misterioso que se deslizaba bajo nuestros pies, a unos veinte metros de distancia.
- Este río -me explicó- desemboca en el Río Paraná, y luego en el Río de la Plata. Es loco pensar en cómo el agua que vemos acá sigue su curso y llega a Argentina... soy biólogo, me gusta pensar en ese tipo de cosas... - se excusó, al tiempo que guardaba el asunto nuevamente dentro de sus pantalones.

("RENÁN" ha de ser la versión -¿o adaptación?- portuguesa del nombre "Hernán". Claro, pienso, la pronunciación gutural de la "erre" brasilera convertiría el nombre, en caso de respetar la sucesión hispana de los fonemas, en algo así como ¡EJGNÁN!, una suerte de arcada vomitiva bimatopéyica repulsiva e impronunciable que rara vez produciría un gesto de alegría -llámese sonrisa- en representación de un sentimiento de satisfacción en el rostro del aludido.)

Camuflada por los edificios 
flamea la bandera del estado de São Paulo

La tarde posterior al carnaval llegué a la morada de los Wilsinhos y me encontré con la puerta cerrada y el esfuerzo vano de mi timbrar. Aparentemente, mis anfitriones habían salido y yo no había recibido notificación. El vecindario donde vivían, por cierto, se trataba de un conjunto de seis departamentos internos comunicados por un patio común al que se accedía a través de una reja corrediza. El conjunto guardaba una gran semejanza con la vecindad del Chavo del 8 (o Chaves, según el doblaje brasilero... lo cual me remonta nuevamente a Caramelito 2011; aquella vez los Wilsinhos alquilaron una habitación con televisión con la finalidad exclusiva de ver el programa de Chespirito en su idioma original). En el frente de la vecindad, con su ventana de cara a la calle, vivía Pedro, músico paulista buena onda con el que había cruzado un par de palabras durante los días precedentes. El primer contacto que habíamos tenido se había dado cuando, tras escuchar que de su acordeón se desparramaban las notas de Oblivión -probabemente mi pieza favorita de Ástor Piazzolla- por todo el patio de la vecindad, me acerqué a hacer sociales confesándole mi nacionalidad y mi condición de músico. La cosa quedó ahí, prolongándose en sonrisas y saludos afectuosos durante nuestros encuentros de los días subsiguientes, pero sin pasar del "hola qué tal". La tarde post-carnaval, entonces, viéndome como un homeless por tiempo indeterminado a la espera de mis desaparecidos amigos, vislumbré su figura a través de la ventana abierta y le pegué un grito para que me abriera la reja. Me invitó a pasar a su casa -repleta de libros, discos e instrumentos musicales- y tras un rato de charla decidimos quedar en contacto. Lo busqué allí mismo en Facebook, y grande fue mi sorpresa al ver que teníamos un amigo en común. Se trataba del Laucha, amigo pianista y compositor quilmeño. Recordé que éste me había contado sobre un curso de intercambio universitario del que había participado en esta ciudad unos meses atrás; Pedro me dijo que sí, que justamente él lo había conocido en la universidad en esa época... y que de hecho él había sido quien le había obsequiado la partitura de Piazzolla. Pienso que el hecho de que semejante coincidencia haya tenido lugar entre dos megalópolis del calibre de Buenos Aires y São Paulo no pudo ser una mera "casualidad" -a decir verdad, a esa altura estoy completamente convencido de que éstas no existen- y la historia culmina (como no podía ser de otra manera) con una interpretación conjunta de Oblivión, en las postrimerías de mi estadía en la ciudad.


En el momento de partir de Brasil, por tercer verano consecutivo (y tras haber pasado tres meses de mis últimos tres años allí), esbozo una teoría según la cual el país mira a Estados Unidos en la misma medida en que Argentina intenta reflejarse en Europa. Desde ya, no desarrollo demasiado la idea. En cambio, en algún momento apunto en mi libreta:

OBRA = VIDA.
NO HAY DIFERENCIA.
QUE TU VIDA SEA UNA OBRA DE ARTE

y me siento agradecido con el Universo por haberme concedido amistades tan maravillosas, y le pido que me cuide y que me guíe, aunque en el fondo sé que no necesito pedírselo porque siempre lo hace. Y embarco hacia Europa, con la sensación de que, después de todo, siempre es el comienzo. 

domingo, 31 de enero de 2016

Llamada de San Baltazar

La ciudad retumba con los sones tamboriles y transpira un olor a torta frita que se impregna en la piel

Los niños rocían de espuma a las bailarinas que encabezan las comparsas

Las bailarinas que encabezan las comparsas bambolean sus faldas y desparraman sus sonrisas por las calles de Barrio Sur

Las manos afiebradas de los tamborilleros llevan vendajes que atestiguan sus repiques abnegados

Los ritmos se repiten hipnóticamente hasta establecerse como mantras omnipresentes en la noche tibia del Plata

El ADN afrouruguayo hace gala de su exaltación de lo corpóreo

La clave se inyecta en la sangre y conduce un ejército de esqueletos profanados hacia el fin de la noche

La alegría colectiva, como siempre, es la reina más hermosa

Montevideo, 6 de enero de 2016


sábado, 25 de febrero de 2012

Viaje 2012 XIII: Ecuador

“Todo lo trascendente de nuestra empresa
se nos escapaba en ese momento,
sólo veíamos el polvo del camino
y nosotros
devorando kilómetros
en la fuga hacia el norte”
Ernesto Che Guevara

Tras cruzar de Aguas Verdes (Perú) a Huaquillas (Ecuador), debimos tomar un taxi (igualito a esos que se ven en las películas yanquis) hasta el puesto de migraciones del país al que entrábamos. Curiosamente, éste se encuentra ubicado como a dos kilómetros de la línea que divide a ambas naciones, en una oficina que se aparece en medio de la ruta, ya saliendo de la ciudad. Dado el exagerado dolor que me regalaban las quemaduras made in Máncora, no tuvimos más remedio que desembolsar dos dólares y subirnos a ese coche que denotaba una ostentación impropia de nuestros espíritus…

Sí, dos dólares. Estadounidenses. Es la moneda oficial de Ecuador. Producto de una híper-devaluación de la moneda nacional, consecuencia de nefastas políticas neo liberales llevadas a cabo durante la década de los ’90, a partir del 2000 la economía se dolarizó, extinguiendo el “Sucre” y convirtiendo al país en una especie de colonia de vacaciones para gringos…
El momento de enfrentar el puesto de control migratorio era de lo más definitorio: ¿realmente podría entrar a Ecuador sin pasaporte? Todos los días de nuestro viaje se definían en este momento, donde la burocracia de la diplomacia internacional me permitiría –o no- el ingreso a la ansiada meta final. Con mi cédula de identidad (esa que te dan ahora cuando tramitás el DNI nuevo) y una perfecta cara de inocencia me acerqué a la ventanilla, ocultando mis temores… El uniformado agarró mi documento, hizo alguna que otra pregunta, nada fuera de lo normal… y ahí estaba: el papel que me bañaba de legalidad. ¡90 días para recorrer Ecuador a mis anchas!

lunes, 13 de febrero de 2012

Viaje 2012 XI: Cajamarca

"Si el camino surge de la nada,
será que mi canción llegó hasta el Sol"
Luis Alberto Spinetta

El micro que nos trasladó de Trujillo a Cajamarca significó otro viaje para el olvido. Gente vomitando, bebés llorando, lluvia torrencial y misteriosas y prolongadas paradas del coche en medio de la ruta. Sin embargo, me entretuve bastante con la película que pasaron, en la cual dos amigos, sintiéndose desdichados con sus existencias, intercambian sus vidas. La película es mala, pero divierte. Iba imaginándome cómo sería intercambiar mi vida con List, que también se cagaba de risa a mi lado.


Cuando finalmente arribamos a Cajamarca, a eso de las 6 de la mañana, comenzamos a caminar y nos metimos en un antro donde merendamos café y sánguche de huevo frito (se merienda livianito en este país). Después caminamos hasta la histórica Plaza de Armas, lugar de encuentro entre Francisco Pizarro y el Inca Atahualpa Yupanqui. Aquí se produjo el fin de la autonomía del Estado Inca.